No soy aficionado al toreo, aunque sí a la liturgia que lo rodea; me refiero a la literatura sobre la tauromaquia en todos los géneros tanto periodísticos como biográficos, cinematográficos y novelescos.
En la primavera de 1963, a los quince años, comencé mi vida laboral trabajando como botones en un hotel de Benidorm y allí coincidí junto con otro joven también botones de mi misma edad. Él era de Córdoba y gran apasionado al toreo, con la aspiración de poder en algún momento tener la oportunidad de dedicarse profesionalmente, y el sueño de llegar a ser un torero de éxito.
Entre juegos de adolescentes fuimos imitando el arte del toreo, yo era el toro, claro, y él el torero, y al mismo tiempo fueron aumentando mis conocimientos del tema y mi curiosidad fue en aumento.
Un buen día, se hospedó en el hotel la cuadrilla y el torero Paco Camino y ante la insistencia de mi compañero (intento recodar su nombre, pero no puedo) conseguimos un par de entradas para la corrida y nos ubicaron justo encima de la salida del toril. La impresión de ver el primer toro a corta distancia de mí me provocó un impacto de terror que no he podido olvidar. Me pareció impresionante el tamaño del toro y los bufidos de rabia que emitía antes de salir al ruedo donde el torero lo recibió a Porta Gayola, un lance altamente temerario y que me dejó en shock.
Más tarde, el 1966, durante mi estancia en Alemania, cayó en mis manos la novela de V. Blasco Ibáñez “Sangre y Arena” que definitivamente me atrapó en la afición por la lectura sobre la significancia de la tauromaquia. Desde entonces he disfrutado mucho de la literatura que lo rodea, y disfruté particularmente de Joaquín Vidal, el que fue cronista de El País, al que me encantaba leer cada vez que publicaba sus críticas en el diario.
En los últimos cinco años, formo parte de una tertulia donde, en verano, participa Manuel Vicent, un reconocido periodista, cronista y novelista que publica una columna antitaurina en El País cada mayo, coincidiendo con la feria de San Isidro. A pesar de esto, él me recomendó la biografía de Juan Belmonte escrita por Chaves Nogales, que tuve el placer de leer y disfrutar como nunca de un personaje tan importante en la historia del toreo.
Tras esta introducción, voy a referirme a la película “Tardes de Soledad” que anoche estrenaron en TV. Tenía muchas ganas de verla tras ver un programa de presentación y una entrevista en Movistar+ con el director Albert Serra. Me ha gustado, aunque con algunas reservas. Ganó la Concha de Oro en el Festival de San Sebastián 2024, y seguramente mereció el premio a pesar de las controversias que suscitó su galardón.
Me ha parecido buena, destacando la fotografía que, a mi parecer, tiene planos excesivamente cortos, pero que probablemente era lo que buscaba el director de fotografía para enfatizar detalles tan precisos, algunos de los cuales resultan crueles, especialmente las muertes de los toros, que probablemente será lo más criticado. Son duros de ver, la verdad.
En conclusión, me ha gustado verla por los momentos de belleza que muestra, por la actuación del actor Roca Rey, el famoso torero peruano, el director de fotografía, montador y resto del reparto, en especial su director por atreverse a filmar una película documental tan exigente.






