Desde el martes, cuando España se clasificó para la final de esta noche, he estado especulando con mis amigos, especialmente con mi nieta Anita y Dani, mi otro nieto, sobre el resultado del partido.
Ahora, hecha la introducción, un reportaje radiofónico me ha devuelto a la realidad y ha afectado mi estado de ánimo tras escuchar las condiciones en las que sobreviven los habitantes de Palestina. Esto me ha llevado a reflexionar sobre la importancia que le damos a un desenlace puramente deportivo y lo alejados que estamos de comprender las condiciones de vida de los palestinos, que son tan humillantes, injustas, desesperadas y deplorables bajo el asedio israelí y el genocidio que ha ocurrido en los últimos años.
Sentir la mínima preocupación por el partido parece tan banal ante estas circunstancias que me siento especialmente vil y absurdo. Ojalá Palestina recupere al menos una pequeña dosis de nuestras ilusiones futbolísticas lo antes posible, porque eso significaría que vuelven a vivir en condiciones humanas dignas, capaces de ilusionarse incluso por algo tan intrascendente como el fútbol.
Que gane el que mejor juegue; deseo que sea España quien lo haga, pero ante todo, espero que los palestinos vuelvan a sentirse personas ilusionadas, sobre todo, ellas y ellos, las niñas y los niños.








Ojalá otras circunstancias en el mundo consigueran despertar emociones colectivas tan fuertes, de alegría o pérdida como sucede con el fútbol.