Suelo valorar los libros y las películas de forma sencilla: si los volveré a leer o ver, o si, por el contrario, no me transmiten la intención de regresar a ellos.
Con Thelma & Louise me ha sucedido que la he vuelto a ver con placer, fijándome en muchos detalles que la primera vez no aprecié. Eso que la vi de estreno en pantalla grande en un cine de Madrid, en 1991, justo cuando comenzaba a disfrutar de la fotografía tras integrarme recientemente al Fotoclub Dénia.
La fotografía de la película merece un apartado propio. Dejando de lado todo el mensaje antimachista que ofrece y el guion, que me parece extraordinario, lo que más he disfrutado esta vez ha sido la fotografía, sin perderme un solo detalle de luces, contraluces, planos medios y primeros planos. Todos me parecen geniales.
No conocía a su director de fotografía, Adrian Biddle, o al menos no estaba al tanto de su carrera. Sin embargo, en esta película me parece que lo borda, especialmente en el tipo de imágenes que aparecen desde el primer fotograma. Particularmente, ese selfie que se toman las dos actrices y que forma parte del cartel de presentación. Fue el primero de los selfies conocidos y sigue siendo único a pesar de los millones que se toman cada día.
Volver a verla me ha deparado un par de horas muy felices. Ahora, la pregunta es: ¿tengo casi 79 años, me dará tiempo a volver a incidir en ella? Si puedo, mejor; pero si no me alcanzan los años, quedo plenamente satisfecho.
Gracias, Ridley Scott
Vídeo de la película con la canción de Marianne Faithfull, “The Legend of Lucy Jordan”







