Cuando el catorce de octubre leí el artículo de Nadia Ghulam en El País, quedé completamente horrorizado. Ni en mis peores pesadillas podría haber imaginado tal cantidad de horror, y aunque ya empiezo, solo por mi edad, a estar inmunizado contra todo tipo de atrocidades, leer lo que Nadia nos relata me dejó en estado de shock, y todos mis pensamientos fueron para las mujeres de mi familia y para todas las mujeres que han tenido el privilegio de nacer en esta sociedad europea y occidental.
Mis tres nietas, tan jóvenes y con tanto por vivir, tan valoradas y con tantos recursos a su disposición, familiares, sociales, escolares, universitarios y deportivos. Una de ellas juega al fútbol desde que era pequeña y otra también forma parte de un equipo de voleibol, lo que les permite participar y sentirse iguales a los chicos que también practican deportes.
Aquí comparto algunos extractos del artículo, y al final el enlace donde se puede acceder a él completo.
“Las mujeres heridas quedaron abandonadas porque los rescatistas varones no podían tocarlas: lo prohíbe la absurda ley del “no mahram” (no pueden hablar con ellas ni tocarlas los varones que no sean familiares cercanos o maridos)
Así, muchas mujeres atrapadas bajo los cascotes murieron no solo por la fuerza de la tierra, sino por la violencia de un régimen que les niega hasta la opción de ser rescatadas tras una catástrofe.
Hoy, ser mujer en Afganistán es vivir en una cárcel sin muros. Es ser obligada a casarte con un hombre que no elegiste, ver cómo tus sueños se reducen a la servidumbre doméstica. En Afganistán, hasta la maternidad se ha convertido en un campo de batalla más, donde la vida y la muerte dependen de leyes crueles dictadas por hombres. Quedarse embarazada se ha convertido en una posible condena: cientos de afganas mueren cada mes durante el parto, y no por falta de recursos, sino por las barreras impuestas por el propio régimen.
No es difícil imaginar la violencia de todo tipo, también sexual, que soportan las mujeres bajo el terror talibán. Sin posibilidad de comunicarse con sus familias ni para pedir auxilio, muchas de ellas mueren tratando de abortar sin las condiciones adecuadas cuando saben que en su vientre crece una niña. Quieren evitarles a sus hijas el sufrimiento de ser mujer en su país. Si nacen sanas, muchos padres harán lo posible para que la niña muera.
La resistencia de las mujeres afganas es silenciosa, pero poderosa. Es la llama que sigue ardiendo bajo las brasas, el hilo que mantiene viva la esperanza. Los talibanes pueden imponer leyes, levantar muros y cerrar puertas, pero no podrán matar jamás el sueño de libertad que las mujeres afganas llevan escrito en la piel y en la memoria.
Afganistán solo será libre cuando sus mujeres puedan ser libres.”
Este es el enlace: https://elpais.com/opinion/2025-10-14/afganistan-mujeres-condenadas-a-la-oscuridad-en-medio-de-la-tragedia.html?event_log=go







