
El 28 de junio pasado se cumplieron 55 años de la muerte mi padre, Bernardo Sanz Calvo, a los 53 años. En estos últimos días, he estado reflexionando sobre un hecho, una decisión que tuvieron que tomar mis padres y que cambió su vida y la de toda la familia de manera significativa.
Es un tema que a veces me viene a la mente y cada vez que lo hace, me doy cuenta de cuánto se debieron arrepentir de tomar de esa decisión.
Voy a dar un poco de contexto y una breve biografía de mi padre antes de entrar en los detalles que menciono.
Nació en El Poyo del Cid, un pequeño pueblo cerca de Calamocha (Teruel), el 8 de octubre de 1916, en una familia numerosa con seis hermanos, tanto chicos como chicas, con escasa escolaridad. Sin embargo, entre esos pocos, tuvo la suerte de contar con un maestro que convenció a sus padres de que, dada su inteligencia, debía acceder a estudios superiores. Solo había dos opciones para ello: pagar, algo totalmente imposible, o ingresar en un seminario, y esa fue la ruta que eligió; la carrera eclesiástica.
El seminario de Calanda (Teruel) fue su destino y el inicio de sus estudios. Una vez que terminó el seminario dominico, fue enviado a Valencia, donde se ordenó como fraile. El alzamiento nacional del 18 de julio de 1936 marcó su salida y el comienzo de su vida civil. La guerra lo llevó al bando republicano y al inicio de su noviazgo con mi madre, Gloria Moncho Mengual, nacida en Dénia. (1917-1990)
Tras la boda, mi padre ingresó por oposición al Ministerio de Abastecimiento, un organismo creado para manejar las cartillas de racionamiento que se usaron en la dura posguerra para gestionar alimentos básicos de supervivencia a principios de los años cuarenta.
Una vez que superó las pruebas, y tras ascender en la escala de funcionario, llegó a ser inspector, lo que le brindó un nivel de bienestar alto y unos ingresos que le otorgaron un respetable poder adquisitivo en una sociedad muy necesitada y empobrecida. Sin embargo, los hechos a los que me refiero fueron cruciales para el resto de su vida.
En 1952 se pensó en disolver el ministerio por razones evidentes, ya que las cartillas de racionamiento estaban desapareciendo gradualmente. Se ofreció a todos los empleados dos alternativas: recibir una indemnización por despido o quedarse en el puesto con el riesgo de perderlo, si no eran trasladados a cualquier otro ministerio, algo que no estaba asegurado por las autoridades, ya fuera en Teruel o en cualquier otra provincia. Luego resultó que todos sus compañeros del ministerio conservaron sus puestos.
En ese instante, a pesar de la firme oposición de mi madre, quien creía que no encontrarían un nivel de vida similar en Denia como el que tenían en Teruel, optaron por trasladarse a Dénia y decidieron aceptar la indemnización, que, según sus estimaciones, les permitiría adquirir una zapatería que les garantizara una vida digna.
La llegada a Dénia fue en marzo de 1953, y fue el comienzo del declive material debido a la deficiente gestión comercial del negocio, también por la precaria situación económica general de la época.
El nivel de deuda que tuvieron que enfrentar debido a los impagos, y aunque eligieron un sistema de créditos a los clientes conocido como fiadores, es decir, un método de venta que permitía el pago en cuotas semanales muy bajas para no agobiar y facilitar que las personas con pocos recursos pudieran ir pagando la deuda en pequeñas cuotas que coincidieran con el pago semanal que se hacía a los trabajadores. Esa falta de ingresos los llevó a endeudarse con los proveedores, y esas deudas los llevaron a la quiebra total.
Esa situación tan precaria obligó a mi madre a comenzar a trabajar de modista y a mi padre a intentar encontrar algún empleo que aliviase la situación, y al mismo tiempo y me imagino con mucho pesar por parte de los dos, nos vimos obligados muy jóvenes a trabajar; mi hermano Bernardo dejó los estudios de magisterio y se pudo colocar en el Banco de Valencia como botones a los quince años, mi hermana Josita de empleada en una perfumería, y yo mismo con doce en una imprenta que compaginaba con los estudios de segundo de bachiller.
Mi padre nunca se adaptó completamente a la vida en Dénia, ni a sus costumbres, ni al carácter mediterráneo. Además, la situación familiar y el peso de saber que la decisión de regresar a Dénia fue casi exclusivamente suya, hicieron que perdiera todo el ánimo y le sumiese en un estado depresivo. Aunque no tuve la oportunidad de hablarlo con él, con el tiempo he llegado a la conclusión de que esa decisión le complicó tanto la vida que nunca pudo ser del todo feliz. Mis recuerdos y mi propia experiencia me indican que no estoy muy equivocado.
Cuando empezaba a ver la mejoría, Nardo y yo trabajábamos ambos en hostelería en Benidorm con sueldos bastante bien remunerados, mi hermana mayor en el Banco de Bilbao, Gloriet se colocó en el Registro de la Propiedad, y él logró conseguir un puesto como secretario en el instituto de enseñanza media de Dénia, un trabajo respetable con un salario acorde a su categoría, y cuando todo parecía ir bien, le apareció ese tumor cerebral que terminó con su vida.
En resumen, esta es mi reflexión y mi recuerdo especial para mi padre, y lógicamente también para mi madre. Sin embargo, ella al menos pudo contar con la ayuda de algunas amigas de la infancia que pudieron ayudarla de algún modo, y sobre todo con la de su hermana Pepita, la Tieta; quien fue el verdadero salvavidas de la familia. Soltera, ella aportó el piso donde vivíamos y, sobre todo, un sueldo que nos ayudó a sobrellevar esos años tan difíciles.
Nunca llegué a tener un grado de intimidad que me hubiera permitido conocer su propia versión de los hechos, ya que salí de casa por trabajo a los quince años y no hubo tiempo para intimar y compartir confidencias. Tenía 22 años cuando él falleció.








Muchas gracias por compartir esta parte tan relevante de su biografía.
Para mí es muy importante conocer la vida de los que estuvieron antes. Les hacemos justicia con el simple hecho de conocer su historia.
La vida es el resultado de decisiones propias y ajenas, y aunque con la perspectiva del tiempo y viendo lo difícil que fue para todos, entendamos que fue una mala decisión, no podemos saber lo que le impulsó a tomarla. Quizás estaba sufriendo presiones, o amenazas a nivel laboral. O temió quedarse sin trabajo y la indemnización. Algo no vio claro, cuando renunció a una vida cómoda y en su tierra. Tampoco sabemos que hubiera pasado si hubiera elegido quedarse.
Desde la Denia del XXI y dos generaciones después, tan sólo tengo palabras de admiración y agradecimiento a esas personas que tuvieron que tomar decisiones y hacer frente a una guerra, y una posguerra.
Y sólo el paso del tiempo determinará las nuestras.
Gracias Ana. Un poco tarde pero siempre agradecido por tus comentarios y tu compañía.
Un beso.